Desde siempre, una de las cualidades para ser un «hombre» era demostrar su heterosexualidad, capacidad de seducción a las mujeres y vigorosidad sexual.
Además de estas cualidades, manifestar rechazo, asco y desprecio hacia la homosexualidad, era vital para reforzar su masculinidad.
En especial hacia los hombres gays, por «deshonrar» atributos del género masculino tan preciados como la chulería.
En el caso del género femenino, el rechazo a la homosexualidad nunca ha sido uno de los atributos de la feminidad, como sí lo han sido la coquetería o afectividad, por ejemplo.
Por eso, los hombres siempre han manifestado más conductas homófobas que las mujeres.
Estas cualidades estereotipadas, perpetuadas generación tras generación, han sido muy limitantes para desarrollar el potencial humano de muchos hombres.
Y de algunas mujeres, también.